Si PCR no RCP

sábado, 21 de febrero de 2009

Quizás ha llegado el momento de callar

lunes, 15 de diciembre de 2008

Perspectivismo memorístico

El problema de la identidad, ya lo dijo Borges, está en la memoria. La memoria es falible, nos engaña, no corresponde con la realidad. Una pelea, un accidente, una experiencia traumática colapsan nuestras neuronas, la sinapsis no se produce de manera habitual, las conexiones necesarias para procesar la nueva información tan poco predecible provocan una reestructuración del cerebro que nos hace pensar que el tiempo vivido fue más largo, que aquello que sucedió duró horas en lugar de segundos, o años en lugar de minutos.

Si todas nuestras ideas son una composición de ideas más simples, como dice Hume, que la experiencia y, en este caso la memoria, son las responsables del contenido de nuestra cabeza, de nuestras más profundas ideas, de nuestras nociones del mundo o de nosotros mismos ¿Qué ocurre si borramos el pasado? Parece que la neurociencia afirma -dándole la razón al empirista escocés- que el futuro es construido a partir de experiencias pasadas. Sin el pasado, no solo no hay presente, tampoco hay futuro.

Pero ¿Qué ocurre entonces con nuestra identidad? Si la memoria es selectiva, si recoge con más intensidad las experiencias traumáticas que las cotidianas ¿Cuál es nuestro futuro? ¿Quiénes somos? ¿Qué podemos hacer?

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Sobre la amistad

Creo que fue Publio Sirio quien dijo que una amistad que termina nunca había comenzado. Y eso es en realidad lo que duele cuando te das cuenta de que te has equivocado al apostar por alguien, de que has perdido el tiempo y el esfuerzo en una persona que nunca lo mereció.

En mí, que paso días buscando palabras para definir y comprender la pureza, la pulcritud del ser, la perfección de la persona honesta, la evidencia del error empieza con una sensación de desasosiego, de incomodidad, de inquietud. Empiezo a percibir sarcasmo donde antes había ironía, y huelo una falta de claridad que me desconcierta, un recoveco oscuro y sucio producto de una putrefacción que me había pasado inadvertida. Es el momento de la insidia, cuyo atributo más despreciable es que arrastra, penetra en el cuerpo minando, destruyendo, sacando lo peor de cada uno, y se retroalimenta y crece sin tener apenas conciencia de ello.

Y ahí es cuando hay que parar, cuando una relación te convierte en una persona que no te cae bien, no es amistad, es otra cosa. Podrás tomarte todas las cervezas del mundo con ella, pero te sentirás juzgado cuando descubras tu intimidad. Y ahí es cuando hay que parar.

Sin embargo, aunque apostar por una persona es de todo menos una inversión segura, como buena creyente en la existencia de la honestidad, de la bondad, y de la pureza, sigo apostando, porque alguna vez entre la decepción y la intranquilidad hubo triunfos. Triunfos que me llenan de orgullo cada día, de una gratitud tan grande que parece que me la acabo de tragar. Grandes triunfos que compensarán siempre mis grandes derrotas.

Personas que me quieren, sin miedos y sin envidias y sin rencores. Que son capaces de ver lo bueno que hay en mí. Me aceptan de manera absoluta sin hacer preguntas, no cuestionan mis motivos, preguntan sin maldad, critican sin ofender, ríen mis alegrías y lloran mis fracasos, sin segundas intenciones, sin sarcasmo, sin intromisiones, sin curiosidad y sin mala hostia.

Personas a las que quiero con admiración y respeto hacia sus insignificantes defectos y sus grandiosas virtudes. Personas en las que confío como solo confían los niños en sus madres. Porque solo veo pureza en sus intenciones, y me llenan de bondad y de estabilidad emocional, y me acendran y sacan de mí a mi persona favorita.

Pasan los años y sé que he ganado la apuesta. Son mi sangre. Mi familia. Pase lo que pase. Siempre. Para siempre. Siluetas perfectas. Arte. Hiperbóreos. Tránsito de mí a pesar de la muerte.

viernes, 10 de octubre de 2008

El síndrome de Peter Pan

Ayer, como una mayor, tuve que fingir educada atención ante un hombre cuyas opiniones me importan de poco a nada, aconsejándome sobre mi futuro laboral. “Eres joven y lo sabes todo”, con ese tono de pedante resabidillo que utilizaban los mayores cuando era niña (“cuando seas mayor lo entenderás”) y del que parece que no me he librado, muy a mi pesar. Adulto joven, que en la línea gestáltica de que el todo no es igual a la suma de las partes es un término de mierda, porque ni de manera purista eres adulto, ni eres realmente joven. En esta categoría, joven es una palabra horrible. Si la despojas de las connotaciones propias de esta estúpida cultura del cuerpo que continúa su búsqueda absurda personal del santo Grial y de El Dorado, la semántica me duele en lo más profundo de mi orgullo de mujercita. Ser joven significa no ser; no ser sabio, no ser experto, no conocer el verdadero significado, sobrevalorar, infravalorar, equivocarse. Ser joven significa no tener; no tener dinero, no tener estabilidad intelectual, emocional, sentimental, económica, laboral. Ser joven significa estar en constante búsqueda; de trabajo, de casa, de personas. Ser joven significa no saber quién eres, qué quieres, qué va a ser de ti. Y ser joven significa que cualquier cincuentón renegado cuya vida para nada te es digna de admiración se pueda permitir el lujo de darte consejos sin que se le caiga la cara de vergüenza. Por si fuera poco, joven hace referencia a esa edad en la que debes adquirir responsabilidades y terminar tus estudios y buscar un trabajo y emanciparte y preocuparte por el Euribor, porque –y otra vez en la búsqueda de la piedra filosofal- pronto dejarás de ser joven. Y si no te adaptas empiezan las miradas suspicaces, la idea de la oveja negra, de la irresponsabilidad y de la “bala perdida” – que no es bonito si no lo canta Bob Dylan-. La falta de madurez es un defecto, una imperfección que hay que corregir.


Mi falta de madurez es tan obvia que no deseo que llegue un día en el que lo tenga todo solucionado y la gente respete mis opiniones. No quiero ser esa persona que aconseja a algún joven lo que debe hacer con su vida. Quiero levantarme por la mañana en un día interminable de verano en el que no sentía calor ni cansancio, en el que podía mancharme comiendo sin dejar de ser adorable, en el que las preguntas solo tenían una intención y las respuestas un significado, en el que no perdía nunca el tiempo ni tenía cosas que hacer y nadie decía “cuando te quieras dar cuenta”, en el que se me olvidaban los motivos por los que me enfadaba y tenía amigos para siempre. Y que me sorprenda una de esas noches en las que me emborrachaba con mil pesetas, en las que mis amigos nunca me decían “hoy no puedo”, en las que nadie se había muerto, en las que nos enrollábamos en un parque sin preocuparnos de que alguien nos viera el culo y en las que no pensaba en dejar de fumar, ni en la resaca, ni en cómo iba a llegar a casa.


Y es que debo confesar, con Groucho, que nací a una edad muy temprana.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Retrato del frustrado adolescente

Me pregunto por qué se tilda de enfermos a quienes beben a solas. Yo llamo enfermos a quienes lo hacen únicamente acompañados, por la obligación social, la presión y el rol grupal, síntomas de una verdadera enfermedad del carácter, la completa alineación personal.

Yo acabo de ahorrarme 25 euros en cubatas, y la verdad, lo agradezco. No por el dinero, porque no acostumbro a salir sábado si y sábado también, sino porque si me gasto ese dinero y noto -como ahora- que no aflora ni un síntoma de embriaguez, sentiría vergüenza, verdadera vergüenza.

Y es lo que siento, no por beber a solas, no por no emborrarme, sino porque no soy capaz de pasearme desnudo por la casa, de desinhibirme lo más mínimo. No siento alivio -llamémoslo- existencial, deseo sexual, sueño, jaqueca, mareo... nada. Y ya estoy cansado de beber.

Me asomo al espejo del baño y me veo los ojos amarillos. Y se me vienen a la cabeza muchas cosas, no se en que orden, pero algo así como una carcajada de desprecio. No debería confundir el ácido que corre por mis venas con el color de mis ojos, pero es casualidad que cuando me siento furioso, o especialmente sarcástico aparece la puta ictericia.

Vienen a mi cabeza imágenes de violencia, gratuita, porque no creo que haya mejor violencia que la gratuita. Todos hemos visto en documentales que un par de lobatos se pelean y a un avispado reportero diciéndonos que no nos preocupemos, que solo están jugando y aprendiendo. Envidio a esos lobeznos, porque tal vez la falta de violencia –no necesariamente física- la falta de fortaleza –no necesariamente fisiológica- la falta de... de... de esa “potencia” con mayúsculas se deba entrenar.

Luego aparecen preguntas cargadas de ciertos prejuicios morales de los que no soy capaz de deshacerme. El primero es, claramente, las drogas, las de verdad, digámoslo así. Ya he tenido esta conversación antes, hace mucho tiempo, pero desde entonces se me han quedado sus palabras grabadas “pues mejor, hasta que explote” y puede que tenga razón. ¿Qué importa que te puedan joder el cerebro? No olvidemos la parte –si, lo digo sin miedo ahora que lo digo delante de un teclado- divertida de las drogas. Yo estoy dispuesto a morir de sobredosis con el cerebro derretido si las drogas me garantizan... que se yo, 5 años de felicidad psicotrópica.
El segundo prejuicio es sexual. Si, porque estoy cansado de ver en los periódicos o en los amuletos o en las comidas familiares las tríadas de la felicidad ajena: sexo, chocolate y vino... salud, dinero y amor... sexo, drogas y rock’n’roll... ¿y yo? La música es lo poco que me transmite cierta vitalidad. Creo que ya he dejado claro mi posición (aún por verificar) con las drogas... y claro, faltaba el sexo.
Me inspira sentimientos difíciles de gobernar, no por animales, impulsos de fuerza extraordinaria (de los cuales ya me he quejado por no tener) sino por su... candidez y estúpida inocencia. Curiosidad, tímida, como los gatos que se asoman por debajo de los contenedores cuando vuelves a casa de madrugada. Y cierto miedo, porque cuando las cosas dependen de muchos (sease, más de uno mismo) las cosas fallan. Fallan porque no se tiene el control de la situación. Fallan porque no es solo de ti de quien estas hablando, o contigo la única persona con la que estas jugando.

Y la solución está, irónicamente, en el problema. Es la timidez, la falta de esa “animalidad”, la impresión, a veces directa, de que las cosas no deben funcionar así, cuando esta más que comprobado que es precisamente con cierto egoísmo y energía como empiezan a rodar.

Porque, pongámonos serios ¿Quién no ha experimentado con drogas duras con 18 años? ¿Quién no se enrolla con la primera rubia de turno sábado si y sábado también con 18 años? ¿Quién no se ha sentido capaz de todo con 18 años? Os lo voy a decir... bueno, mejor mañana, ahora voy a dormir y a soñar con una pistola, un colocón de proporciones bíblicas o una puta con la que pasar la fría noche de Burgos.
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domingo, 14 de septiembre de 2008

¡Muera la inteligencia!

Conocer a una chica guapa es un verdadero problema, normal que nos impongan, todo les queda bien menos nosotros.

Cada vez me resulta más estúpido juzgar a la gente por aquello de lo que de forma natural (hasta que alguien demuestre lo contrario) carece, especialmente a las mujeres guapas por su cultura general.
Si somos producto de nuestros cromosomas sintámonos orgullosos, o no, de nuestra herencia genética. Juzguemos, o no, nuestra herencia en todas sus dimensiones. Estamos despreciando algo bello por el mero echo de serlo, y para quienes –como yo- si no es el amor, es la belleza –casi artística- de las mujeres que nos enamoran una razón para vivir, esto es un flagrante delito.

Odio que me llamen superficial porque exista una atracción física, que (como de lo poco que estoy deacuerdo con Platón) es el indicio de un sentimiento más grande. Ahora os pregunto (y espero que apreciéis el tono jocoso) ¿Quién quiere tener grande la cabeza? Bajemos el liston del placer intelectual, gocemos de los sentidos ¿Quién quiere tener grande las orejas o la nariz? Normal, la gente quiere tener grande la polla o las tetas.
Pero ahí no acaba todo, luego te llamen amargado por leer de vez en cuando. Y tenéis razón. Si hay que atreverse a hacer categorías, si hay que apostar fuerte, si hay que arriesgarse, yo me hago miembro vitalicio del jardín de Epicuro –si es que se admiten feos-

Que me perdone Unamuno pero ¡muera la inteligencia!
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sábado, 23 de agosto de 2008

Vehículo de recuerdos

Creo que nunca me han gustado las fotos. No tengo un álbum de fotos, las pocas fotos que he hecho o me han hecho en la vida las guardo en el último cajón de la mesilla del escritorio, debajo de varias capas de papeles, en un sobre amarillo.

Tal vez mi peculiar, asimétrica (eufemismo muy gracioso para no decir horripilante) fotogenia sea la responsable, no lo niego, pero también la proto-cultura de la fotografia automática (para quien solo hace fotos en momentos especiales) el derroche de la fotografía digital (para quien aprendió con una Reflex) el romanticismo y la suerte o desgracia de haber tenido una madre fotógrafa hayan inclinado la balanza a la apatía.

Con esta foto tengo una relación de amor y odio. Tan bien podría ser la única que salvase como la primera en ser quemada. ¿Cómo puede un niño tener una mirada tan penetrante, tan profunda, tan fría? Algunas personas, más de las que me gustaría, me han confesado que al conocerme se sintieron en primer término juzgadas y rechazadas de forma que solo la mirada de esa foto me permite imaginar. Cómo levanta el labio apenas una micra para convertirlos en ese "morro de erizo arreactivo", ese desdén en la cara ya de tan peque. No se... admiro a mi madre por esta foto, me parece una de esas fotos capaces de desnudar el alma de una persona, y eso siempre es bonito.

"Toda verdad, incluso la verdad simple, áspera, fea, repugnante, no cristiana, no moral... Pues existen verdades tales"

Pero cuando no se en que momento, me preocupó la memoria, la sintonía vital... me vi empujado por mi mismo y en contra de mi voluntad al mismo tiempo a hacerme un book como las prostitutas, mural que cuelga de la cabecera de mi cama. Y siempre me saltan preguntas cada vez que me quedo mirándolo: Si me siento orgulloso de todo esto, si me siento conforme con lo que he vivido hasta ahora, y salta en mi cerebro una imagen como en estas películas lacónicas en las que una anciana saca de un sobre -también amarillo- la foto en blanco y negro de su viudo mientras la empapa de lágrimas. Y piensas si el alzheimer puede no ser tan horrible después de todo, si solo arrastras fotos caducas de recuerdos podridos. Olvidarlas una a una, pero ahí están las mías, colgadas, aunque no a primera vista.

jueves, 14 de agosto de 2008

Querido Pepito grillo

Alguien dijo alguna vez que los consejos solo valen para dos cosas: o los ignoras o te sirves de ellos para echarle la culpa de tus desgracias a quien se haya querido poner en tus zapatos. Y es cierto, nunca aciertan con nosotros y tal vez – y aquí viene lo bueno- lo sepamos.

Un consejo es un frustrado intento de asemejar una experiencia siempre pasada, ordenada por nuestra lógica y superada por nuestra mente, ajena y con sutiles (y abundantes, decisivas incluso) diferencias, a una situación presente dominada por la incertidumbre del mañana, propia y con la importancia añadida de que es nuestro pellejo del que estamos hablando.

No es legítimo siquiera hablar de probabilidades. Si alguna vez acertaron fue sin duda pura casualidad.

Si no existe en el mundo un sistema de ecuaciones tal que pueda predecir en medio de la naturaleza el momento exacto y la trayectoria exacta de una hoja al caer, si no hay forma alguna de predecir, siquiera de medir todas las variables posibles... ¿Cómo nos atrevemos nosotros a imaginar cómo se desarrollará un problema humano en el turbulento devenir de nuestras vidas?

Olvidémonos de las variables, enfrentémonos a ellas.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Infinitésimo a infinitésimo

Parménides sostenía la inmovilidad del ser, este –decía- debía ser estático. No, no pretendo meterme en la metafísica del ser, pero epistemológicamente, Parménides puede que dijera más de lo que normalmente se le entiende.

Aceptar la noción del devenir, del perpetuo cambio, nos entierra en las sombras de la caverna (mito que, epistemológicamente, también tiene mucho que decir) porque para utilizar los mecanismos del entendimiento son necesarias proposiciones cuya verdad queda restringida por la precisión de los conceptos que utilicemos para definirlas. Claros ejemplos son las falacias gramaticales, de las que tanto se quejaba Nietzsche.

¿Cómo podemos definir algo en constante cambio? ¿Cómo hacerlo si no conocemos la naturaleza de ese cambio? ¿Cómo, si no sabemos si esta definición es tan valida como hace un minuto, un año, o un milenio? En todo caso, nuestras conclusiones podrían llamarse probables.

No me extraña que Zenón tuviera tantos problemas con la paradoja del movimiento, esa famosa carrera en la que Aquiles nunca logra alcanzar a la dichosa tortuga. ¿Cómo podemos explicar el movimiento a partir de posiciones? Las posiciones son, al fin y al cabo, algo que no esta sujeto a ese cambio, algo firme, algo a lo que agarrarse. Y ahora, algo parecido ocurre cuando los fenómenos fisico-quimicos intentan explicar los misterios de la biología. Las posiciones de un móvil, o las reacciones químicas puede que sean consideraciones parciales de un todo, indivisible y sometido a cambio.

Aprovechando que aún en verano tengo que estudiar matemáticas diré que un intervalo muy pequeño de una curva se asemeja a un recta de modo que cuando ese intervalo se hace cada vez más pequeño, esa recta se confunde con su tangente. Las ciencias, cada vez más específicas excluyen cada vez más ambitos de una realidad que se complementa cuanto más reducen su campo, más se parece esa curva a una recta o a un punto fijos, comprensibles. La filosofía suple la exactitud por la visión holística de la realidad.

Querer explicar la vida como un conjunto de fenómenos químicos puede ser esa recta tangente a un punto de la curva de la vitalidad, del devenir. Tal vez la física intente buscar los mismos “buenos puertos” que Zenón.

Por otro lado, se vuelve imposible hablar del Todo en cuanto a tal porque se vuelve indefinible como ya hemos visto al principio.

Aceptar la noción del devenir nos aparta de la capacidad de definir, de razonar y de concluir. Por otro lado no tenemos derecho a simplificar un problema en partes esperando que la recomposición de estas den una solución real al problema (Afirmando las consecuencias no puede argüirse la causa)

El conocimiento científico hace aguas. El escepticismo se abre camino. Puede que nuestra ciencia sea la Gaya Ciencia.

jueves, 17 de julio de 2008

El final de una etapa

No ha sido una crisis de valores, no al menos el rasgo más importante de este periodo que se cuando empezó, pero del que no se cuando me sobrepuse. Es el miedo a cambiar radicalmente, a instalarse definitivamente en el pesimismo. Miedo a saberse separado por un cisma profundo. Miedo a no poder reconciliar mi yo actual y mi yo pasado. Miedo a no reconocerse, a no reencontrarse, a no recuperarse del todo.

Hace varios meses veía caer sobre mi, al levantarme, un pesado sello de caucho que me gravaba en la frente “INSANE”. Creo que ya lo he superado. Y hace poco escuche por fin la frase que me libera de esa carga: “Ya estas bien” de mano de un profesional cuya autoridad sea difícil poner en duda. Aún así, reconoció mi pesimismo, demasiado negro para mi edad creí entenderle.

¿Y ahora? Ahora río, duermo tal mal como siempre, pero descanso, ya no paseo ojeras, ralladas mentales o una insoportable mala ostia. Pero es verdad que tal vez vea el mundo muy negro, pero ¿No se supone que el mundo esta “ahí fuera”, que es independiente de mis pensamientos o deseos, que estos no le van a transformar en absoluto? Al no haber cometido falacias en el desarrollo de las conclusiones, decir que mis sentidos me engañan, que lo que veo no es verdad, que yo introduzco nuevos datos, estáis dando más que suficiente –diría incluso la única información- para atrincherarme en el escepticismo más contumaz.

He aprendido que ahí fuera no hay mas que tinieblas, que no poder estar seguros de nada es un estadio mucho más trágico de lo que pueda parecer a priori. Que no hay en una vida finita algo infinito, que todo se acaba, todo. Que la felicidad es el único objetivo deseable, y que es posible que sea una lucha absurda. Tantas cosas... He aprendido que no hay seguridad.

Aun así reconozco aquí dentro sentimientos nuevos: un sentimiento tan especial, tan complejo, tan capaz de hacerte sonreír o sollozar... que ha desplazado al resto de virtudes. Ya no es principal la inteligencia, el ingenio... lo verdaderamente interesante y bello es aquello que nos llena de ternura.

Conciliar la desesperanza existencial con el éxtasis emocional es todo un reto. Esta inestabilidad sentimental se me antoja como un verdadero problema.

domingo, 13 de julio de 2008

Resignación estoica

La vida es un episodio trágico. Hay “subidas, bajadas y relajados intermedios” y no podemos negar ninguna de estas etapas, aunque nos pese, aunque sea yo el primero que quiera sublimar su dolor.

No podemos resignarnos estoicamente. Recuerdo que cuando era más peque un profesor nos mandó hacer una redacción sobre el tema“hay que conformarse con lo que se tiene” y es una frase que desde entonces no trago. Hay mucha gente que se dice y se desdice entre ese tópico y el de “la vida no es fácil”, “¿quién dijo que el mundo era justo?” y demás. No se puede ser tan hipócrita, no se puede cambiar de bando, deberían ser conscientes de lo que dicen.

Por si fuese poco la regañina que suele caerle al desafortunado de turno (ya que últimamente el silencio parece un signo de aprovación), voy a dejar aquí escrita la reprimenda.


Son los impulsos personales, los deseos, las pasiones más profundas lo que nos diferencia de una fría maquina de vapor. No son los desarrollos intelectuales, no es la construcción científica ni la abstracción filosófica. Es el arte, es la lucha entre la personalidad individual y la social. Es la contradicción continua –y aunque tal vez recaiga en los mismos tópicos que denuncio, me apetece ponerme romántico- entre cabeza y corazón. Es esa potencia que debemos desarrollar en nuestro interior para alcanzar y apresar con los brazos nuestros deseos, y seguir luchando, seguir siendo capaces de perseguir nuestros sueños.

Pero ¿Qué pasa si no podemos alcanzar nuestras metas? ¿Qué pasa si la felicidad –como si de una droga se tratara- nos provocase con el tiempo cierta tolerancia? ¿Si nos acostumbrásemos a esas nuevas cotas emocionales? ¿Qué pasa si perdemos la esperanza? ¿Qué significa entonces que el hombre es una criatura que se acostumbra a todo?

No podemos cambiar de bando, como ya he dicho. No podemos decir que el tetraplejico puede ser feliz con su desgracia y después escandalizarnos de que la guerra se haya convertido en un acontecimiento cotidiano, de que ya no nos horrorice la muerte o la tortura. Seamos serios.

El hombre tiene límites, estrechos, marcados a fuego por su herencia, su educación, su propia personalidad (si es que se puede hablar de ella como tal) cuando ya es adulto y crítico. Hay personas que no se recuperan, hay personas que son incapaces de seguir adelante. La gente tiene remordimientos, pérdidas, depresiones... la gente se vuelve loca, se suicida, renuncia...

Me decís que, desgraciadamente, hay gente que “simplemente” sigue viviendo. Gente que es capaz de ser feliz con poco, con nada o con menos que nada. ¿Cómo ser feliz imaginando una situación mejor? ¿Cómo serlo teniendo deseos? ¿Verdaderamente todo es soportable? ¿Todo debe serlo? ¿Qué esperamos conseguir resignándonos? Solo se me ocurre la insensibilidad total, convertirse en “el extranjero”.

Si renunciamos a conocer la verdad, si desmentimos esa equivalencia socrática (verdad = virtud = belleza) ¿Qué debemos hacer? ¿Cómo satisfacemos nuestras ansias de ser felices? Si lo ponemos todo en duda es imposible conocer, no podemos elegir, nos quedamos sin opciones, sin pasiones y sin decisiones. Debemos tener cierta confianza en alguna premisa.

Recordemos que Sísifo sonrie un momento antes de que la piedra caiga nuevamente o bien hagamos caso a los sabios escépticos, suspendamos el juicio y tranquilicemos nuestras almas.


sábado, 31 de mayo de 2008

El perfume

El olfato es tal vez el más sensacional de los sentidos. También lo creía Nietzsche, o al menos yo noto con especial veracidad que huele la esencia de las personas (cosa que a mí también me pasa) que en los libros que lee la mayoría se pega su olor de plebe y podredumbre; que su genio esta, de echo, en su nariz.

Los olores no son más que sustancias químicas volátiles que recoge la pituitaria amarilla y descargan su poder en sistemas que no controlamos, el límbico y el cerebro más primitivo. (¿Depende entonces la felicidad de un estado consciente? ¿Hay causa racional de la felicidad?) Los olores, todos, tal vez bien podrían llamarse drogas.

El olfato y el tacto son dos sentidos (sensaciones es tal vez una palabra más gráfica) muy poco valoradas pero creo que guardan significados especiales. El olor de nuestro plato favorito, el calor de un abrazo, esa sensación entre ambas, esa ternura bisoña que ahora siento de vez en cuando, el ronroneo tan precioso de los gatos...

Jean-Baptiste Grenouille, un tierno psicótapa. Le entiendo. Y entiendo esa sensación de querer hacer perdurar algo bello. Creo cada día un poco más que el fin si justifica los medios. Que la felicidad que provoca ese perfume –esa droga- bien merece la muerte de una docena de personas. Ahora escandalizados pensaréis que merezco la cárcel y el infierno y además ahora eso de los psicópatas hasta tiene denominación de origen, aunque los españoles no tengamos comparación con los austriacos, o eso creo.

Mucha gente se escandaliza de la experimentación médica con animales, de la crueldad o incluso la muerte de seres sensibles para un fin supuestamente superior (ya que nosotros somos superiores ¿no?) Y yo digo ¿Quién critica a Pasteur la experimentación con perros para lograr la vacuna de la rabia? ¿Cuántas personas y animales viven ahora más sanas y felices gracias a él y a sus maquiavélicos e inhumanos experimentos? No quiero ser excesivamente cínico, pero el utilitarismo a esta escala da un poco de miedo. No se muy bien que pensar.

Jean-Baptiste sintetizó la formula del amor, la formula de la felicidad. Una vez más la química es la solución a nuestros problemas. No se si se ha pasado por alto, pero he identificado amor y felicidad. Baptiste se deja descuartizar por no ser capaz de amar, puede tener a la humanidad a sus pies, todo el poder, toda la fama, y decide dejarse descuartizar... Tal vez no tenga sentido vivir sin amar. Tal vez amar sea el sentido. Amar plenamente, amar como en las películas de disney, amar apasionadamente, un amor de ensueño, un amor de pura psicodélia.

Tal vez el problema de la química no es que sea peligrosa. Tal vez sea que es demasiado buena como para dejarla una vez que las has probado. Y sino miradme, hace algo más de un año era un orgulloso abstemio y ahora acompaño mis disertaciones con una copa de Ballantines.