Alguien dijo alguna vez que los consejos solo valen para dos cosas: o los ignoras o te sirves de ellos para echarle la culpa de tus desgracias a quien se haya querido poner en tus zapatos. Y es cierto, nunca aciertan con nosotros y tal vez – y aquí viene lo bueno- lo sepamos.
Un consejo es un frustrado intento de asemejar una experiencia siempre pasada, ordenada por nuestra lógica y superada por nuestra mente, ajena y con sutiles (y abundantes, decisivas incluso) diferencias, a una situación presente dominada por la incertidumbre del mañana, propia y con la importancia añadida de que es nuestro pellejo del que estamos hablando.
No es legítimo siquiera hablar de probabilidades. Si alguna vez acertaron fue sin duda pura casualidad.
Si no existe en el mundo un sistema de ecuaciones tal que pueda predecir en medio de la naturaleza el momento exacto y la trayectoria exacta de una hoja al caer, si no hay forma alguna de predecir, siquiera de medir todas las variables posibles... ¿Cómo nos atrevemos nosotros a imaginar cómo se desarrollará un problema humano en el turbulento devenir de nuestras vidas?
Olvidémonos de las variables, enfrentémonos a ellas.
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