miércoles, 6 de agosto de 2008

Infinitésimo a infinitésimo

Parménides sostenía la inmovilidad del ser, este –decía- debía ser estático. No, no pretendo meterme en la metafísica del ser, pero epistemológicamente, Parménides puede que dijera más de lo que normalmente se le entiende.

Aceptar la noción del devenir, del perpetuo cambio, nos entierra en las sombras de la caverna (mito que, epistemológicamente, también tiene mucho que decir) porque para utilizar los mecanismos del entendimiento son necesarias proposiciones cuya verdad queda restringida por la precisión de los conceptos que utilicemos para definirlas. Claros ejemplos son las falacias gramaticales, de las que tanto se quejaba Nietzsche.

¿Cómo podemos definir algo en constante cambio? ¿Cómo hacerlo si no conocemos la naturaleza de ese cambio? ¿Cómo, si no sabemos si esta definición es tan valida como hace un minuto, un año, o un milenio? En todo caso, nuestras conclusiones podrían llamarse probables.

No me extraña que Zenón tuviera tantos problemas con la paradoja del movimiento, esa famosa carrera en la que Aquiles nunca logra alcanzar a la dichosa tortuga. ¿Cómo podemos explicar el movimiento a partir de posiciones? Las posiciones son, al fin y al cabo, algo que no esta sujeto a ese cambio, algo firme, algo a lo que agarrarse. Y ahora, algo parecido ocurre cuando los fenómenos fisico-quimicos intentan explicar los misterios de la biología. Las posiciones de un móvil, o las reacciones químicas puede que sean consideraciones parciales de un todo, indivisible y sometido a cambio.

Aprovechando que aún en verano tengo que estudiar matemáticas diré que un intervalo muy pequeño de una curva se asemeja a un recta de modo que cuando ese intervalo se hace cada vez más pequeño, esa recta se confunde con su tangente. Las ciencias, cada vez más específicas excluyen cada vez más ambitos de una realidad que se complementa cuanto más reducen su campo, más se parece esa curva a una recta o a un punto fijos, comprensibles. La filosofía suple la exactitud por la visión holística de la realidad.

Querer explicar la vida como un conjunto de fenómenos químicos puede ser esa recta tangente a un punto de la curva de la vitalidad, del devenir. Tal vez la física intente buscar los mismos “buenos puertos” que Zenón.

Por otro lado, se vuelve imposible hablar del Todo en cuanto a tal porque se vuelve indefinible como ya hemos visto al principio.

Aceptar la noción del devenir nos aparta de la capacidad de definir, de razonar y de concluir. Por otro lado no tenemos derecho a simplificar un problema en partes esperando que la recomposición de estas den una solución real al problema (Afirmando las consecuencias no puede argüirse la causa)

El conocimiento científico hace aguas. El escepticismo se abre camino. Puede que nuestra ciencia sea la Gaya Ciencia.

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