Creo que fue Publio Sirio quien dijo que una amistad que termina nunca había comenzado. Y eso es en realidad lo que duele cuando te das cuenta de que te has equivocado al apostar por alguien, de que has perdido el tiempo y el esfuerzo en una persona que nunca lo mereció.
En mí, que paso días buscando palabras para definir y comprender la pureza, la pulcritud del ser, la perfección de la persona honesta, la evidencia del error empieza con una sensación de desasosiego, de incomodidad, de inquietud. Empiezo a percibir sarcasmo donde antes había ironía, y huelo una falta de claridad que me desconcierta, un recoveco oscuro y sucio producto de una putrefacción que me había pasado inadvertida. Es el momento de la insidia, cuyo atributo más despreciable es que arrastra, penetra en el cuerpo minando, destruyendo, sacando lo peor de cada uno, y se retroalimenta y crece sin tener apenas conciencia de ello.
Y ahí es cuando hay que parar, cuando una relación te convierte en una persona que no te cae bien, no es amistad, es otra cosa. Podrás tomarte todas las cervezas del mundo con ella, pero te sentirás juzgado cuando descubras tu intimidad. Y ahí es cuando hay que parar.
Sin embargo, aunque apostar por una persona es de todo menos una inversión segura, como buena creyente en la existencia de la honestidad, de la bondad, y de la pureza, sigo apostando, porque alguna vez entre la decepción y la intranquilidad hubo triunfos. Triunfos que me llenan de orgullo cada día, de una gratitud tan grande que parece que me la acabo de tragar. Grandes triunfos que compensarán siempre mis grandes derrotas.
Personas que me quieren, sin miedos y sin envidias y sin rencores. Que son capaces de ver lo bueno que hay en mí. Me aceptan de manera absoluta sin hacer preguntas, no cuestionan mis motivos, preguntan sin maldad, critican sin ofender, ríen mis alegrías y lloran mis fracasos, sin segundas intenciones, sin sarcasmo, sin intromisiones, sin curiosidad y sin mala hostia.
Personas a las que quiero con admiración y respeto hacia sus insignificantes defectos y sus grandiosas virtudes. Personas en las que confío como solo confían los niños en sus madres. Porque solo veo pureza en sus intenciones, y me llenan de bondad y de estabilidad emocional, y me acendran y sacan de mí a mi persona favorita.
Pasan los años y sé que he ganado la apuesta. Son mi sangre. Mi familia. Pase lo que pase. Siempre. Para siempre. Siluetas perfectas. Arte. Hiperbóreos. Tránsito de mí a pesar de la muerte.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
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