viernes, 10 de octubre de 2008

El síndrome de Peter Pan

Ayer, como una mayor, tuve que fingir educada atención ante un hombre cuyas opiniones me importan de poco a nada, aconsejándome sobre mi futuro laboral. “Eres joven y lo sabes todo”, con ese tono de pedante resabidillo que utilizaban los mayores cuando era niña (“cuando seas mayor lo entenderás”) y del que parece que no me he librado, muy a mi pesar. Adulto joven, que en la línea gestáltica de que el todo no es igual a la suma de las partes es un término de mierda, porque ni de manera purista eres adulto, ni eres realmente joven. En esta categoría, joven es una palabra horrible. Si la despojas de las connotaciones propias de esta estúpida cultura del cuerpo que continúa su búsqueda absurda personal del santo Grial y de El Dorado, la semántica me duele en lo más profundo de mi orgullo de mujercita. Ser joven significa no ser; no ser sabio, no ser experto, no conocer el verdadero significado, sobrevalorar, infravalorar, equivocarse. Ser joven significa no tener; no tener dinero, no tener estabilidad intelectual, emocional, sentimental, económica, laboral. Ser joven significa estar en constante búsqueda; de trabajo, de casa, de personas. Ser joven significa no saber quién eres, qué quieres, qué va a ser de ti. Y ser joven significa que cualquier cincuentón renegado cuya vida para nada te es digna de admiración se pueda permitir el lujo de darte consejos sin que se le caiga la cara de vergüenza. Por si fuera poco, joven hace referencia a esa edad en la que debes adquirir responsabilidades y terminar tus estudios y buscar un trabajo y emanciparte y preocuparte por el Euribor, porque –y otra vez en la búsqueda de la piedra filosofal- pronto dejarás de ser joven. Y si no te adaptas empiezan las miradas suspicaces, la idea de la oveja negra, de la irresponsabilidad y de la “bala perdida” – que no es bonito si no lo canta Bob Dylan-. La falta de madurez es un defecto, una imperfección que hay que corregir.


Mi falta de madurez es tan obvia que no deseo que llegue un día en el que lo tenga todo solucionado y la gente respete mis opiniones. No quiero ser esa persona que aconseja a algún joven lo que debe hacer con su vida. Quiero levantarme por la mañana en un día interminable de verano en el que no sentía calor ni cansancio, en el que podía mancharme comiendo sin dejar de ser adorable, en el que las preguntas solo tenían una intención y las respuestas un significado, en el que no perdía nunca el tiempo ni tenía cosas que hacer y nadie decía “cuando te quieras dar cuenta”, en el que se me olvidaban los motivos por los que me enfadaba y tenía amigos para siempre. Y que me sorprenda una de esas noches en las que me emborrachaba con mil pesetas, en las que mis amigos nunca me decían “hoy no puedo”, en las que nadie se había muerto, en las que nos enrollábamos en un parque sin preocuparnos de que alguien nos viera el culo y en las que no pensaba en dejar de fumar, ni en la resaca, ni en cómo iba a llegar a casa.


Y es que debo confesar, con Groucho, que nací a una edad muy temprana.

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