Me pregunto por qué se tilda de enfermos a quienes beben a solas. Yo llamo enfermos a quienes lo hacen únicamente acompañados, por la obligación social, la presión y el rol grupal, síntomas de una verdadera enfermedad del carácter, la completa alineación personal.
Yo acabo de ahorrarme 25 euros en cubatas, y la verdad, lo agradezco. No por el dinero, porque no acostumbro a salir sábado si y sábado también, sino porque si me gasto ese dinero y noto -como ahora- que no aflora ni un síntoma de embriaguez, sentiría vergüenza, verdadera vergüenza.
Y es lo que siento, no por beber a solas, no por no emborrarme, sino porque no soy capaz de pasearme desnudo por la casa, de desinhibirme lo más mínimo. No siento alivio -llamémoslo- existencial, deseo sexual, sueño, jaqueca, mareo... nada. Y ya estoy cansado de beber.
Me asomo al espejo del baño y me veo los ojos amarillos. Y se me vienen a la cabeza muchas cosas, no se en que orden, pero algo así como una carcajada de desprecio. No debería confundir el ácido que corre por mis venas con el color de mis ojos, pero es casualidad que cuando me siento furioso, o especialmente sarcástico aparece la puta ictericia.
Vienen a mi cabeza imágenes de violencia, gratuita, porque no creo que haya mejor violencia que la gratuita. Todos hemos visto en documentales que un par de lobatos se pelean y a un avispado reportero diciéndonos que no nos preocupemos, que solo están jugando y aprendiendo. Envidio a esos lobeznos, porque tal vez la falta de violencia –no necesariamente física- la falta de fortaleza –no necesariamente fisiológica- la falta de... de... de esa “potencia” con mayúsculas se deba entrenar.
Luego aparecen preguntas cargadas de ciertos prejuicios morales de los que no soy capaz de deshacerme. El primero es, claramente, las drogas, las de verdad, digámoslo así. Ya he tenido esta conversación antes, hace mucho tiempo, pero desde entonces se me han quedado sus palabras grabadas “pues mejor, hasta que explote” y puede que tenga razón. ¿Qué importa que te puedan joder el cerebro? No olvidemos la parte –si, lo digo sin miedo ahora que lo digo delante de un teclado- divertida de las drogas. Yo estoy dispuesto a morir de sobredosis con el cerebro derretido si las drogas me garantizan... que se yo, 5 años de felicidad psicotrópica.
El segundo prejuicio es sexual. Si, porque estoy cansado de ver en los periódicos o en los amuletos o en las comidas familiares las tríadas de la felicidad ajena: sexo, chocolate y vino... salud, dinero y amor... sexo, drogas y rock’n’roll... ¿y yo? La música es lo poco que me transmite cierta vitalidad. Creo que ya he dejado claro mi posición (aún por verificar) con las drogas... y claro, faltaba el sexo.
Me inspira sentimientos difíciles de gobernar, no por animales, impulsos de fuerza extraordinaria (de los cuales ya me he quejado por no tener) sino por su... candidez y estúpida inocencia. Curiosidad, tímida, como los gatos que se asoman por debajo de los contenedores cuando vuelves a casa de madrugada. Y cierto miedo, porque cuando las cosas dependen de muchos (sease, más de uno mismo) las cosas fallan. Fallan porque no se tiene el control de la situación. Fallan porque no es solo de ti de quien estas hablando, o contigo la única persona con la que estas jugando.
Y la solución está, irónicamente, en el problema. Es la timidez, la falta de esa “animalidad”, la impresión, a veces directa, de que las cosas no deben funcionar así, cuando esta más que comprobado que es precisamente con cierto egoísmo y energía como empiezan a rodar.
Porque, pongámonos serios ¿Quién no ha experimentado con drogas duras con 18 años? ¿Quién no se enrolla con la primera rubia de turno sábado si y sábado también con 18 años? ¿Quién no se ha sentido capaz de todo con 18 años? Os lo voy a decir... bueno, mejor mañana, ahora voy a dormir y a soñar con una pistola, un colocón de proporciones bíblicas o una puta con la que pasar la fría noche de Burgos.
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