He creído que cumplir la mayoría de edad era algo importante en la vida de un individuo. Uno de esos instantes que marcan la trayectoria vital, esos momentos que para aburrimiento de nuestros nietos, regocijo o pesadez interiores, acabaremos por recordar con nuestros últimos alientos. La primera comunión, nuestro primer día en el cole, la primera vez que nos acostamos con una mujer, nuestro primer coche, el viaje de fin de estudios, nuestra boda…
He pasado este sábado rodeado de gente que creen ser amigos. Me he hecho unas fotos estupendas, podría convencer a quien quisiera de lo fantástica y genial de aquella noche. Si, me divertí, conseguí enterrar mis pensamientos unas horas. Qué más da. Hoy, el día después, me siento igual que antes de ayer, igual que todo el año. Absurdamente solo.
Apenas recuerdo nada de los pocos “momentos estelares” de mi vida. Me aterra pensar que sean cuales sean mis últimos alientos no tenga nada que recordar. Que nuestra vida sea una sucesión de emociones difuminados -aunque intensas- y aberrantes de un tiempo que ni siquiera recordamos.
El viernes estuve solo en casa. Ballantines, los Guns N Roses y un libro de John Stuart Mill. Tal vez los dones que Dios, los genes, la educación o mi voluntad me han concedido me obliguen a sobrevivir de este modo. Mi don de gentes, mi atractivo, la afabilidad de mis formas… Tal vez la introspección sea la única salida... no se.
Tengo dieciocho. Las ventajas que me supone no van más allá de poder conducir comprar tabaco y alcohol e irme de putas. Tal vez deba aprovechar la situación, empezar a fumar confiando en parecer más interesante, emborracharme más a menudo para desinhibir mi enfermiza timidez, saciarme sexualmente con la última meretriz de la ciudad y esperar no regresar a la dura tabla en la que duermo.
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