martes, 1 de abril de 2008

Dudas escépticas

Aunque ahora creo que el único sentido de la filosofía -y tal vez de la vida-, sea la ociosidad, no creo que las primeras manifestaciones de esta sean de esa clase, no al menos en mi caso. No creo que la filosofía naciera por saber desinteresadamente, por conocer los primeros principios y causas o por nuestra capacidad de asombrarnos ante el mundo. Creo que es en los momentos de profundas crisis personales cuando cada uno se pone en guardia delante del mundo dispuesto a arrancarle las respuestas a nuestras dudas con lo poco que tenemos, a la desesperada.

No hace ni un año de aquel “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio.” No hace ni un año que Camus le puso nombre y fecha a la Peste de mi vida.

Es en momentos de crisis cuando rechazamos lo aprendido Cuando ninguna explicación al mundo nos parece suficiente caminamos por el filo de la navaja, entre el heroísmo y la superstición, la temeridad y lo absurdo para buscarnos respuestas propias. Cuando, nuevamente en palabras de Camus, lanzamos gritos desesperados a un cielo que no contesta y decimos –nos decimos- “No”. El filósofo es un rebelde.

Y a pesar del silencio del mundo y del silencio interior, de ese divorcio entre el actor y su escenario, seguimos buscando respuestas sin ayuda de la ciencia o la religión, con nuestras fuerzas, a la desesperada.

Si estamos solos y desamparados, solo a nosotros nos queda juzgarnos. Juzgar nuestro valor o inocencia. Seamos al menos los más inocentes, los más valientes.

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