miércoles, 26 de marzo de 2008

Mi ética sexual I (Tercera contribución)

Por algún motivo, por el que otras veces me siento extraño, soy incapaz de sentirme avergonzado de lo que hago y no entiendo como alguien podría estarlo. Lo siento, pero no comprendo como puede haber motivaciones a priori para un acto que con una envidiable solidez estadística nos avergonzará en el futuro.

No encuentro el dilema en ninguna parte. Solo pueden ocurrir tres cosas, que se sepa que lo que vayas a hacer te avergüence, que sepas que no te avergüence, o que no sepas nada. La certeza, en cualquier caso, legitima la acción (o inacción, si es que pueden distinguirse) a priori, y la duda, la legitima a posteriori.

Quiero decir, la infidelidad, en este caso no puede depender en ningún caso de la opinión pública (ya que en general, nada debe influirnos tan poco como la opinión pública) Si se desea ser infiel a sabiendas, no debes sentirte responsable (con las connotaciones moralmente negativas) de tu decisión. Y si se hace desde el desconocimiento, no se puede juzgar tal acción, ya que el individuo no disponía de criterio y a fin de cuentas, y por las mismas razones, es uno mismo quien debe declararse culpable o inocente.

En este punto, tengo que deducir que no hay que practicar la “virtud ordinaria de la sinceridad” sino en ser consecuentes no ya con los principios de cada uno, que pueden ser totalmente contrarios a los míos, sino con la lógica aplastante, el bendito sentido común y el auténtico compromiso personal, con la verdadera responsabilidad de los actos de uno mismo, que reitero, no comprendo como puede ser de otra manera.

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