Creyéndonos únicos y especiales, cometemos el error del narcisismo y el pecado de la soberbia. Y a veces nos olvidamos de que somos lo que somos por otras personas, por acontecimientos muchas veces ajenos a nosotros mismos, que no pudimos controlar, o que no quisimos. La personalidad que ostentamos se debe, en su mayor parte, a nuestros seis primeros años de vida, etapa en la que prácticamente somos una propiedad, celosamente protegida –quizá negligentemente descuidada- por otros. Desde el lenguaje hasta la manera de afrontar los problemas, pasando por nuestros miedos y fobias, todo se debe a unos años que apenas recordamos, o recordamos a penas. La socialización secundaria, de la que muchas veces se derivan nuestros problemas adolescentes –algunos más graves que otros- se proyecta en gran parte desde el ocio de nuestras compañías, del grupo, y de la dedicación o no dedicación de nuestra familia, volviendo a adquirir una trascendental importancia las personas en las que invertimos el tiempo, o que lo invirtieron en nosotros.
Y alcanzada la edad adulta, pensamos erróneamente que tenemos una personalidad propia, unas creencias, unas ideas políticas, una forma de comer y de sentarnos, unas manías, una visión del mundo, propias y genuinas. Lo que no nos da la genética nos lo da la educación, en la que raras veces aprendemos cosas por nosotros mismos, y quizá, cuando sí lo hacemos, lo que nos guía es el instinto, determinado genéticamente.
No somos especiales, no somos únicos, no somos como somos por nuestra voluntad, ni por nuestras proezas, ni por nuestro carácter innato y pulido diestramente por nosotros mismos. Realmente, nos duela o nos consuele, somos como somos por los demás, por los otros, por nuestros padres, por nuestros maestros, por nuestros amigos. Nosotros no somos especiales, los especiales son los demás. Nosotros no somos únicos, los únicos son los que han hecho que seamos lo que somos, ya que de no ser así, tal vez, de no haber estado allí, de no haber sido importantes o insignificantes, seríamos de otra manera.
Quizá por algo que no recuerdo, o por alguien, tenga yo esta tendencia absurda hacia la perogrullada y la excesiva puntuación, pues ya nos dijeron una vez que somos en esencia tránsito de los otros…
viernes, 28 de septiembre de 2007
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1 comentario:
"El existencialismo ateo que yo represento (...) declara que, si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho. Así pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia. El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo. Es también lo que se llama la subjetividad, que se nos echa en cara bajo ese nombre. Pero ¿qué queremos decir con esto, sino que el hombre tiene una dignidad mayor que la piedra o la mesa? Pues queremos decir que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir, y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir. El hombre es ante todo un proyecto, que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor; nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible, y el hombre será, ante todo, lo que habrá proyectado ser. No lo que querrá ser. Pues lo que entendemos ordinariamente por querer es una decisión consciente, que para la mayoría de nosotros es posterior a lo que el hombre ha hecho de sí mismo. Yo puedo querer adherirme a un partido, escribir un libro, casarme; todo esto no es más que la manifestación de una elección más original, más espontánea de lo que se llama voluntad. Pero si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es"
Jean-Paul Sartre
"El existencialismo es un humanismo"
¿Somos proteínas?
Podemos elegir
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