Normalmente aguantaba levantarme de la cama para responder a vuestras llamadas. Me duchaba. Me vestía. Caminaba 20 minutos bajo la noche y bajo la lluvia hasta llegar a un garito dejado de la mano de dios. Incluso soportaba la música de discoteca mezclada con los comentarios de un partido de fútbol que lo mismo me daba solo por tener una conversación sobre algo interesante con vosotros.
Y a veces lo conseguíamos. Pero no se que pasa últimamente. Es como si ni tan siquiera vosotros, representantes de una generación, iconos del mañana, gobernantes del siglo XXI (expresión que intenta dar sensación de progreso y modernidad aunque para mí no es, visto lo visto, más que un bonito número) hubieseis perdido el carácter –la fuerza de vuestro destino- la curiosidad, el espíritu crítico, la energía adolescente…
Cuando se tiene una conversación se puede dilucidar el carácter de quien habla por su lenguaje. ¿Qué puedo pensar de vosotros, amigos, si cuando llega el clímax alguien arguye con una fingida autoridad que “todas las opiniones son respetables”?
Noté al oirlo cómo me hervía la cabeza. Sentí la tensión de los nervios resbalando desde la nuca hasta las puntas de los dedos cerrados a través de la palma de la mano. Tenía la sensación de ser una olla a presión, en la que la válvula no dejaba de girar y de expulsar vapor incandescente a toda velocidad por mis orejas.
Preguntémonos ¿Cómo cruzar un río? Por el puente, vadeandolo, montándonos en los hombros de los compañeros, esperando a que deje de pasar el agua, o podemos atravesar su cuenca con una roca de un quintal colgándonos de las pelotas. No se preocupen ustedes que aquí todas las opiniones son respetables.
Voy a aprovechar, ahora que estoy leyendo a Platón, para advertiros, como bien dijo él, que un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre.
Los valores de nuestra sociedad, esos de los que nos suponemos tan orgullosos, ese fingido respeto por el multiculturalismo, de la tolerancia extrema que intenta aglutinar todos los puntos de vista, todas las diferencias en masa putrefacta y globalizante. Cualquier intento de desviación de los cánones del conformismo es fagocitado por una cultura idiotizante. La cumbre de la alineación esta resumida en esa odiosa frase que parece cargada de sabiduría.
La crítica, base del progreso, la lucha contra la manipulación ideológica no es otra cosa que la discrepancia racional, en efecto, parece que la mentalidad inquisitiva, que la defensa férrea de una idea bien pensada se ha convertido en una entelequia “del siglo pasado” incluso en un vicio.
Dejemos de intentar mezclar a los justos con los pecadores, a los policías y a los ladrones al día y a la noche para que se pongan de acuerdo. Ese es el verdadero espíritu de las diferencias, de los polos opuestos, de la auténtica variedad cultural, de la diversidad y la belleza
¿No es el propio enfrentamiento lo bello en el debate? Me gusta la radicalidad, el lenguaje agresivo, el discurso sagaz, ácido, tosco. No me gustan los malditos puntos medios, las opiniones respetables y mucho menos las comúnmente respetadas, sin juicio, sin crítica, sin reflexión.
Según Heráclito y su discipulo, Nietzsche, la guerra es la madre de todas las cosas y es que como bien dicen ambos, el fuego solo se mantiene consumiendo y destruyendo. Creo que aún es productivo cultivarnos sobre cenizas.
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