Nietzsche dice que hay dos clases de culpables, el anarquista y el sacerdote. El primero culpa de sus desgracias a elementos exteriores a él mismo, generalmente el sistema de poder contra el que lucha. El sacerdote, al contrario, busca la responsabilidad de sus males siempre dentro de sí, los pecados por los que se siente tentado.
Yo ya descubrí hace tiempo cual era mi temperamento, y es que tal vez si hubiese nacido en el siglo XIII todo me hubiese ido mejor. Si, parece que buscarse a si mismo como responsable único es más honorable que hacerlo en los demás. Honorable… yo antes tenía auténtica fe en el honor. Sin embargo, es difícil no concederle a la auto-flagelación un valor moral del que carece totalmente. El fingidísimo dolor redentor.
Después de darme cuenta de lo absurdo de esta actitud me convertí en el anarquista, que coincidió con mi brevísima temporada de intereses políticos. Esta conducta parecía tener en el fondo una buena intención, una actitud de acción transformadora, una esperanza de cambiar y hacernos libres. La bendita esperanza, el peor de todos los males.
Pero ¿Qué ocurre si somos libres, sin excusas? Como en la doctrina del karma, hay quien pudiese haber decidido no hacer nada para no ser arrastrados hasta donde no queramos vernos. Es la actitud cobarde, prudente… yo ya no se que decir, malditas sean las palabras. Y no hacer nada significa apartarse de todo, no sentir interés, estar enfermo de apatía y soledad.
Pero surgió el optimismo (O tal vez Pandora abrió su caja por última vez) y así, conforme con mi condena mortal, aprendí que si somos libres no debemos sentirnos “culpables” (en el sentido en el que lo entiendo) de nuestros actos, podremos sentir angustia a la hora de decidir, pero siempre podremos dar media vuelta, andar sobre lo andado y rectificar.
Pero no, ya lo sospechaba. Y es que me habían advertido que ir en contra de la sociedad, en sus usos y costumbres puede desplazarte primero y aplastarte después. Tal vez renuncié, tal vez no quise oir, tal vez no quise creer, tal vez quise experimentar. Tal vez haya llegado la hora de invertir los términos, darle la razón y las canas a la masa y arrodillarnos sumisos ante ella, reconocer nuestra prepotencia, admitir que no somos esos enanos subidos a hombros de gigantes y ser (ojalá) reabsorbidos.
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