-Conozco su manera de pensar –dijo el masón-. Eso de que habla le parece obra de su trabajo intelectual, es la manera de pensar de la mayoría de los hombres y el producto invariable de la pereza, el orgullo y la ignorancia. Perdóneme, señor, pero no habría hablado con usted si no lo conociera; su modo de pensar es un lamentable error.
-De la misma manera puedo yo pensar que quien está en el error es usted –dijo Pierre sonriendo débilmente.
-Nunca me atreveré a decir que poseo la verdad –dijo el masón, que cada vez asombraba más a Pierre con la firmeza y precisión de sus palabras-. Un individuo solo no puede alcanzar la verdad; sólo piedra a piedra, con la participación de todos, de millones de generaciones, desde nuestro padre Adán hasta hoy, se va levantando el templo que debe ser digna morada del Altísimo –concluyó el masón y cerró los ojos.
-Debo confesar que yo no creo…no creo en Dios –dijo Pierre con sentimiento y esfuerzo, pero sintiendo la necesidad de decir toda la verdad.
El masón miró atentamente a Pierre y sonrió como podría hacerlo un ricachón con las manos llenas de millones ante un pobre que le dijese que le faltaban los cinco rublos que podrían hacerle feliz.
-Sí, usted no lo conoce, señor –observó el masón-. No puede conocerlo, y ésa es la razón de su desgracia.
-Sí, no soy feliz –confirmó Pierre-. Pero ¿qué puedo hacer?
-No lo conoce y por eso no es usted feliz. Y sin embargo, está aquí. Está en mí, en mis palabras; está en ti y hasta en las palabras sacrílegas que acabas de pronunciar –dijo el masón con temblorosa voz. Después guardó silencio y suspiró, visiblemente empeñado en calmarse.
-Si no existiera –prosiguió-, no hablaríamos de Él, señor –dijo a media voz-. ¿De qué, de quién hemos hablado? ¿A quién has negado? –exclamó de pronto con voz llena de severo entusiasmo y autoridad-. ¿Quién lo inventó, si no existe? ¿Cómo se te ha ocurrido la idea de que existe un ser tan incomprensible? ¿Por qué tú y todo el mundo supone la existencia de un ser tan incomprensible, de un ser tan omnipotente, eterno e infinito en todas sus cualidades?
Detúvose y permaneció silencioso un buen rato. Pierre no podía ni deseaba interrumpir aquel silencio.
-¡Existe, pero es difícil comprenderlo! –comenzó de nuevo el masón; no miraba ya al rostro de Pierre, sino delante de él; hojeaba las páginas del libro con sus manos seniles que, por la interior emoción, no podía mantener quietas-. Si pusieras en duda la existencia de un hombre, te lo traería aquí; lo tomaría de la mano y te lo mostraría. Pero ¿cómo podré yo, simple mortal, mostrar toda su omnipotencia, toda su eternidad, toda su bondad a uno que es ciego, o que cierra los ojos para no verlo, para no comprenderlo, para no ver y comprender toda su propia vileza y su abyección? –Hizo una pausa-. ¿Qué eres? ¿Quién eres tú? Te crees sabio porque has podido pronunciar esas palabras sacrílegas –prosiguió con una sombría y despectiva sonrisa-. Pero eres más necio y más insensato que un niño que, jugando con las piezas de un reloj perfectamente construido, se atreviera, porque no comprende la finalidad del reloj, a no creer en la existencia del artesano que lo hizo. Es difícil conocerlo. Siglo tras siglo, desde nuestro padre Adán hasta nuestros días, se trabaja febrilmente por comprenderlo, ¡y estamos aún tan lejos de haber alcanzado la meta! Por más que en esta incomprensión nosotros no vemos más que la debilidad del hombre frente a Su grandeza...
Liev Nikoláievich Tolstói
miércoles, 24 de octubre de 2007
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