En un impulso beatífico, tal vez debido a nuestra clara educación católica occidental, o tal vez a pesar de ella, nos empeñamos en buscar la teleología de los acontecimientos, en pensar que cada suceso, por nimio que parezca a priori, se tornará efeméride a posteriori, con el debido tiempo.
Estamos seguros –con ecuanimidad- de que somos lo que somos por lo que hemos vivido, de que de ser diferente el camino recorrido, sería asimismo desemejante el punto en el que nos hallamos, y por tanto -dado que a lo ortegaygassiano el yo implica mis circunstancias- no seríamos nosotros, sino otros, parte de los otros.
Aún a riesgo de perder –o de dictaminárseme perdido- completamente el juicio, vociferaré desde lo alto de la sima que cuando al occidental católico le tocan la conciencia del yo, le tocan las pelotas. En guerra declarada a la Tercera Fuerza, Maslow nos invita a pensar que somos seres únicos e irrepetibles, especiales, buenos por naturaleza, autorrealizables. De ser esto así -y ya no sé si salvando a los humanistas- quizá seamos únicos e irrepetibles por nuestras circunstancias únicas e irrepetibles, y debamos confiar en una sabiduría superior a la nuestra, en la doctrina de las causas finales.
Los caminos del señor son inescrutables, que dijeron otros. Y no nos preguntemos qué sería de nuestra ubicación si hubiésemos elegido el otro camino en la intersección que nos ha traído hasta aquí, puesto que nosotros no vemos hasta los confines de la tierra ni vemos todo lo que hay bajo el cielo.
¿De dónde, pues, proviene la sabiduría? ¿Dónde está el lugar del entendimiento? Podríamos, sencillamente, echarnos la culpa de haber elegido mal, o echársela a otros. Podríamos en nuestra singladura dar cabida a un qué hubiese pasado si.
Asumamos, con las orejas gachas, que quizá nos equivocamos, que quizá se equivocaron con nosotros, que quizá las circunstancias no fueron las propicias, que quizá aquel día habíamos dormido demasiado poco.
Asumamos que con un golpe de viento pudimos escoger la salida de la izquierda, que a veces, no pensamos lo suficiente en las consecuencias del laudo, que hay días en los que mejor hubiéramos estado en la cama, que quizá Heracles sería feliz con Mégara si a Urano no le hubiesen cortado los huevos.
Asumamos que a veces, simplemente, la vida es una mierda.
3 comentarios:
Aprovechándome de mi escaso contacto con las filosofías de Sartre y Nietzsche, tengo objeciones muy duras respecto al estanque de ratas que representan las observaciones antes anotadas. Ideas, como decirlo… propias de un “decadence”
Más allá de la visión cosmogónica de la iglesia y de su voluntad -y poder- de imponer sus ideas al resto de la humanidad hay quienes cayeron en gracia (o desgracia) y decidieron enfrentarse a todo ello con la crítica. ¿No somos nosotros capaces de desmantelar semejantes mentiras? ¿No somos nosotros, acaso, hiperbóreos?
Si algo hay que agradecer a Maslow es el parafrasear el conocido lema “primum vivere, deinde philosophare” de manera más elegante (es decir, inútil). No se hasta que punto la Verdadera Cuestión se centra en la realización del hombre (concepto que de buenas a primeras se me escapa) o en que haya o no naturaleza humana (y no se porque le concedo el beneficio de la duda) sino en la propia VIDA.
No es sensato, si se me permite el intrusismo, sacar conclusiones en un estado en el que el primer miembro de la ecuación latina falla. Humanistas. ¿Qué otros sino pueden salvarnos de la especulación metafísica? ¿De los engaños (y valga la redundancia) del alma?
¿Qué clase de persona, de ser humano (por rango inferior) aplica la “lógica” de las causas finales, de las consciencias perfectas y omnipresentes? Los que huyen de la responsabilidad de ser hombre, de tener que elegir sus propias CIRCUNSTANCIAS mucho más allá de lo que Ortega y Gasset hubiese dicho nunca. Hacer lo contrario es sin duda un síntoma de falta de compromiso, miedo a la libertad… mala fe.
No vale la pena decir ¿Qué hubiera pasado si…? El argumento antrópico lo explica a la perfección. Es como si alguien nos preguntara qué hay más al norte del polo norte.
Ni la sabiduría ni el entendimiento como tales significan algo para mí. Son palabras muy raras. Es, y volviendo de alguna manera al punto anterior, como preguntar cual es la razón última del pensamiento. Y es que, en palabras de Camus, al reflexionar sobre la consciencia y el pensamiento se cae en un inmenso pozo.
Asumir que nos hemos equivocado parece algo digno de admiración, ciertamente y en muchos sentidos es signo de inteligencia. Sin embargo y en contra de lo que la filosofía ortodoxa pueda pensar (ese asqueroso, solo se que no se nada) la solución a priori es elegir bien, y para ello solo hay una formula ya que, al parecer, no hay un código escrito a cincel y martillo en dos tablas de piedra como lo ilustra la biblia. La buena elección es la elección comprometida, la elección que vocifera más allá de simas ya abismos “esta es mi decisión” pues cuando esto se hace, no hay consecuencia posible que pueda asustarnos realmente.
Asumamos pues nuestra libertad de juicio y elección. Asumamos también todas las responsabilidades que estas arrastran consigo. Asumamos nuestro proyecto, la proyección de nosotros mismos que queremos alcanzar y dejémonos de dramatismos inútiles por que como bien decía Nietzsche, el arrepentimiento (y el resentimiento) son tan absurdos como la mordedura de un perro en una piedra.
Quizá sea tarde para aclaraciones. Tal vez mis ironías fueron tomadas demasiado en serio.
Bajo una parafada mal hilada como la anterior hay una verdadera intención de reacción, o mejor dicho, de acción. Me gustaría pensar que tanto esto como yo mismo hemos tenido algo que ver en eso.
tal vez mis consignas sean ácidas, fuertes o incluso hirientes (eso parece) pero son sinceras y más allá de eso hay una voluntad positiva, aunque se que el mundo no esta hecho de buenas intenciones.
Tal vez haya forzado demasiado el mecanismo y no lo haya dejado funcionar como debiera, pero siempre me han gustado que las coses funcionen al máximo de su rendimiento, sino, sería una pena.
espero que esto haya engrasado el motor y vuelva a funcionar como es debido, a toda máquina.
¿Eso es una disculpa?
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Menos mal que te quiero incondicionalmente.
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